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Algarve

Incapaces de aceptar el fin del verano, decidimos que noviembre era tan buen mes como cualquiera para buscar el sol donde fuera, así que siendo objetivos, el sur de la península era una de las opciones con más probabilidades para encontrarlo, y como Portugal se ha convertido ya casi en nuestro segundo país, el Algarve apareció de pronto en nuestras cabezas como un destino ineludible. Yo ya lo había visitado en otra ocasión, en verano, hace unos años, y me encantó, fueron unas de las mejores vacaciones de mi vida. Viajé solo, dormí en un hostel y conocí a gente encantadora con la que compartí no sólo mi estancia sino bonitas vivencias, pero ver, lo que se dice ver, casi no vi nada. Así que esta vez, queríamos aprovechar para turistear un poco más. Sin duda, la mayor parte del turismo en el Algarve se concentra en la costa, y no es de extrañar. A sus magníficos acantilados les acompañan enormes puentes de roca que se adentran en el mar, rocas emergidas como columnas de las profundidades que parecen vigilar y proteger las playas y largos entramados de grutas y cuevas horadadas gracias a la fuerza de las olas batientes a lo largo de los siglos sobre la piedra. La más famosa de las cuevas es la de Benagil, que ilustra el inicio de este post, pero no es la única, más adelante os amplío toda esta información, pero empecemos desde el principio.

Lagos

Nuestro centro de operaciones se encontraba en Lagos, una habitación modesta, con baño propio y terracita en un chalet convertido en hostel cuyas zonas comunes consistían en una pequeña cocina y un porche con una mesa alargada y bancos de madera, ninguna pega, salvo porque era noviembre y no había calefacción, aunque después de pedirla nos trajeron un radiador eléctrico y la cosa mejoró bastante. Hay que decir, además, que la dueña era muy agradable, fuimos en el puente de los Santos y doña Paula, que así se llamaba, nos ofreció dulces artesanales típicos en esas fechas en Portugal, higos con almendras en forma de estrella. Este es el sitio, por si queréis echarle un ojo: Happy Silva Guesthouse.

Llegamos por la tarde y el sol ya estaba cayendo, pero después de 7 horas de viaje nos apetecía ver la playa, así que fuimos a la más cercana que teníamos, Porto de Mos, de donde son las fotos que véis arriba. Nos sorprendió ver gente bañándose, a ver, buscábamos sol, pero para que nos calentara un poco la piel, lo de bañarnos casi ni lo contemplábamos, de hecho, mi atuendo más veraniego consistía tan solo, y digo tan solo, en el bañador. Ni toalla, ni chanclas, ni "na de na". Aunque eso no impediría que nos diéramos un chapuzón en los días siguientes, pero antes: Ponta da Piedade.

Ponta da Piedade

Como yo ya conocía la zona, sabía que uno de los mejores atardeceres que podíamos ver era en Ponta da Piedade, por supuesto, no dudé en llevar allí a Laura para que disfrutase de su primera puesta de sol en el Algarve tanto como lo hice yo tiempo atrás.

Ya véis, es la segunda vez que veo allí el atardecer y las dos veces ha sido mágico. Los colores del cielo son increíbles y el contraste con el faro, las rocas, las siluetas de la gente caminando sobre los acantilados, las plantas enhiestas, el mar, las aves... Puro espectáculo.

Podéis caminar por cualquiera de los riscos a través de estrechos senderos al borde del precipicio, si váis con cuidado encontraréis sitios donde sentaros y disfrutar de la paz que se respira.

Ponta da Piedade
Ponta da Piedade

Sagres, Cabo de San Vicente y Playa do Camilo

Al día siguiente, tocaba otra visita imprescindible: Sagres y su fortaleza y el Cabo de San Vicente con su faro, por la tarde, dado que la noche cae muy temprano en esta época, sólo tendríamos tiempo de visitar una playa, la Praia do Camilo.

Saliendo de Lagos, Sagres se encuentra a poco más de media hora en coche, tras atravesar la carretera principal del pequeño pueblo debes desviarte en una rotonda hacia la Fortaleza, encontraréis un parking gratuito donde dejar el coche y con suerte poca cola para acceder al recinto, donde ahí sí, tenéis que pagar 3€ por persona. Tras la muralla, podéis caminar por un paseo casi al borde del acantilado y dar toda la vuelta al cabo. Tras las barandillas de madera que salvan la caída, los pescadores de la zona echan la mañana y alimentan a los gatos que aparecen oportunos alrededor.

Podéis subir a la muralla o cruzar las barandillas y desde allí observar que quizás, en el agua, entre las rocas, algún buceador se esmera en buscar erizos.

De camino al Cabo de San Vicente, nos detenemos para hacer un par de fotos más: una pareja observando el faro desde Sagres y una persona sola bajo la inmensidad del cielo azul, sobre una pequeña porción de tierra, lo que nos recuerda que nos encontramos en el extremo sudoeste de la Península Ibérica, prácticamente el fin del mundo antiguo conocido.

El cabo de San Vicente, según diría Estrabón (63 a. C. o 64 a. C. – 23 d. C.), "no es el punto más occidental de Europa, sino de todo el mundo habitado". Allí podéis ver su inconfundible faro de color rojo y blanco y apreciar en los puestos de venta ambulante que hay a sus puertas, postales con fotos de la altura que pueden llegar a alcanzar las olas. Nosotros tuvimos más suerte y no sufrimos ningún tsunami, aunque ya me hubiera gustado hacer una foto a una de esas olas.

Antes de volver a Lagos, paramos a comer en un sitio que también conocía, ¡no arriesgamos nada! Este es el sitio, Best Burger Ever, aunque a pesar del nombre, también podéis encontrar pastas, ensaladas, etc. No está mal de precio y atienden rápido, y la comida está muy buena, aunque no esperéis platos típicos portugueses, claro.

Nos vamos a la Praia do Camilo.

La playa do Camilo se encuentra al final de un desvío en el camino hacia Ponta da Piedade, al llegar, tendréis que bajar unos cuantos escalones de madera hasta la arena. Empezábamos a hacernos una idea de todo lo que nos esperaba al día siguiente, cuando hicimos la ruta por las cuevas del Algarve en Portimão.

Portimão, Playa de la Marina y Ruta por las cuevas

Benagil fue una de esas cosillas que me quedaron pendientes la anterior vez que visité el Algarve, ni si quiera imaginaba que algo así pudiera existir tan cerca de donde estábamos. Hace millones de años, el agua del mar alcanzaba una altura mayor que en la época actual, y en la roca se aprecian restos de aquellos tiempos: conchas y moluscos incrustados en la roca a alturas que hoy sería imposible que alcanzasen salvo por olas gigantes, que las hay. Al retirarse el mar y gracias a la erosión de las olas y de la lluvia, se fueron formando las grutas y las cuevas de las que os hablaba al principio, un buen ejemplo de ello se puede ver en la playa de la Marina.

Por cierto, ya véis, aquí sí encontramos solazo y pudimos pasarnos la mañana a remojo, y aunque el agua estaba fría, os sorprenderá saber que la impresión no es tan fuerte como en el verano, dado que el contraste no es tan grande, o eso me pareció a mí.

A lo que íbamos, podéis ver cómo se abren los huecos entre las rocas, es asombroso, de hecho, algunas playas están conectadas a través de las paredes, en una de las fotos anteriores véis a Laura pasando por debajo de una roca para llegar a la playa vecina. Pero más alucinante aún es descubrir auténticos paraísos escondidos bajo los acantilados y que en su mayoría sólo son accesibles por mar.

Si queréis llegar a alguna de estas cavidades hay varias formas, Taruga Benagil Tours os ofrece la posibilidad de acceder en barca, pero, ¡ojo, no váis solos y NO os podréis bajar en las playas! No importa el precio que pagues, ninguna compañía permite ya que pises tierra en las cuevas. Nosotros cogimos el billete de 1 hora y cuarto, son 25€ por persona y la ruta está genial, el guía habla español perfectamente, aunque en portugués se entiende todo, y te explica algunas curiosidades de estas grutas, además son muy majetes y paran el tiempo suficiente para que te de tiempo a hacer alguna foto. No os desvelaré el final del viaje, pero ya os digo que es emocionante. Cuando acabéis, os piden una propina para el guía que sin duda alguna se merecen.

Las otras alternativas para llegar a las cuevas son hacerlo individualmente en kayak, paddle surf, etc., usando este tipo de transporte si que tenéis la libertad de poder pisar las playas.

Por cierto, Benagil es la cueva más famosa, pero hay otras igual de impresionantes, nunca os quedéis sólo con lo más turístico. ¡Ahí van unas cuantas fotos!

Este día comimos en un restaurante al lado del parking de Benagil, en O Litoral, más carete que el del día anterior, pero de una calidad exquisita, recomendadísimo si un día no os importa gastar algo más y queréis comer como Dios manda (las brochetas de pescado están que te pirras, y aprovecho para comentar por aquí que el plato típico del Algarve es la Cataplana. La cataplana es en realidad el recipiente, algo así como ocurre con nuestra paella, pero en la cataplana puedes cocinar al vapor. He de decir que no la probamos, aunque yo me quedé con las ganas, a la próxima).

Casi se nos hace de noche comiendo, así que cogemos las chaquetas y nos vamos a ver la puesta, una que aún no habíamos visto, ¿desde donde? Desde lo alto de la cueva de Benagil, sí, cruzando el parking puedes caminar sobre la roca y ver la playa que se forma bajo el acantilado desde la abertura superior, y un poco más al borde, se observa el pueblo con una puesta del sol tal que así:

Puesta de sol desde Benagil
Puesta de sol desde Benagil

Y por si os quedábais con las ganas de saber cómo se ve el hueco de la cueva de Benagil desde arriba, tranquis, ahí va, aunque esto es todo lo que pudimos hacer sin exponernos a una multa de 300 lereles que te clavan si sobrepasas el perímetro.

Cueva de Benagil
Cueva de Benagil

Acabamos este día en la playa de la Albandeira, teníamos ganas de hacer alguna foto más de larga exposición y consideramos oportuno asomarnos a lo alto del acantilado de esta playa para disfrutar de estas vistas minutos después del atardecer, con esos colores rojizos y violetas que atravesaban el cielo, nada mal para acabar.

Larga exposición Playa Albandeira
Larga exposición Playa Albandeira

Algar Seco y Playa do Carvalho

La última mañana queríamos ir al Algar Seco, pero durante el viaje en barca el guía nos habló de la Praia do Carvalho, nos contó que años atrás fue privada, perteneciente a un alto cargo del ejército, ¿Teniente o General Carvalho? No estoy seguro. El caso es que el gobierno portugués tomó la decisión de prohibir la privatización de playas y actualmente es pública. Lo interesante del tal Carvalho es que mandó construir un túnel de acceso a la playa, hasta entonces sólo abierta por el mar, así que ahora se puede visitar. Como veréis, este tipo no tenía un pelo de tonto.

En este punto, merece especial mención el Algar Seco, si tuviéseis que elegir, id al Algar. Las formaciones rocosas que encontraréis aquí son surrealistas, recuerdan un poco al Tatooine de Star Wars. Columnas y ventanas de piedra conforman el paisaje en el Algar, y descendiendo unas escaleras escavadas en la roca, una lengua marina se adentra bajo una cavidad formando una piscina natural (aunque no sé si será muy seguro bañarse). Atravesando alguna de las ventanas o subiendo por algunos de los escalones en la roca podéis llegar al borde de las paredes junto al mar, aunque id con cuidado por aquí, hay aberturas como la de Benagil pero sin perimetrar. Mejor lo véis en fotos.

That's all folks!!

Hasta aquí nuestra visita al Algarve, espero que os sirva de ayuda si decidís visitarlo y no dudéis en comentar qué os ha parecido!!

Pol

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