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Cappadocia bajo la nieve

Cappadocia

Aún no había amanecido en Estambul cuando sonaba la alarma del despertador, teníamos que tomar un vuelo a Kayseri muy temprano y creo que ni tan si quiera habíamos dormido un par de horas. El aeropuerto Sabiha Gökçen se encontraba a una hora de nuestro hotel y para llegar de madrugada, tuvimos que pedir al recepcionista que avisase a un taxi mientras hacíamos el check out. La noche era fría y en la carretera prácticamente no había tráfico, el conductor se pasaba la mano por la cara de arriba a abajo haciendo una mueca con la boca y estirando los párpados para mantenerse despejado. Laura y yo charlábamos mirando a través de las ventanillas empañadas las luces desenfocadas de la ciudad. Llegamos al aeropuerto y allí comenzó nuestra aventura. ¿Alguna vez os han cancelado un sello en el pasaporte? Pues a nosotros sí.

El aeropuerto estaba literalmente vacío, tan solo unos pocos trabajadores atendían sentados tras las ventanillas de las aerolíneas a los escasos viajeros que, como nosotros, tenían vuelos de madrugada. Nos dirigimos al Control de Pasaportes y el policía, con cara seria y de manera casi automática, observaba de pasada los documentos y despachaba uno a uno a los turistas. Dentro de la terminal, varios trabajadores jóvenes aguardaban al trasiego de la mañana descansando sobre las cintas transportadoras que en ese momento estaban paradas.

En los paneles informativos, los horarios de los vuelos aparecían y desaparecían parpadeando. Vuelos a Madrid, a Kiev, a Barcelona, a Frankfurt, a Berlín, a Bruselas... Pero ningún vuelo a Kayseri. En ese momento empezamos a preocuparnos, preguntamos a los chicos de las cintas transportadoras pero ninguno hablaba inglés, después de mucho buscar, por fin encontramos a alguien que pudiera ayudarnos. ¡¡Estábamos en la terminal de vuelos internacionales!!

Un policía turco tuvo que entrar a la terminal, acompañarnos de nuevo al Control, estamparnos el sello de cancelación y tras unos minutos en la comisaría del aeropuerto comprobando nuestra documentación, nos indicó el camino hacia la terminal de vuelos domésticos. Demasiado fácil confundirse, las indicaciones brillaban por su ausencia, algo que presagiaba cómo serían los próximos días moviéndonos por la Cappadocia.

Kayseri

Una hora más tarde, aterrizamos en el aeropuerto de Kayseri, todavía temprano, y de entre las pocas opciones que teníamos entre las empresas de alquiler de coches, llamadnos locos, pero elegimos la que nos pareció más local, Filopark. Como en Sabiha Gökçen, en Kayseri, hablar inglés no facilitaba mucho las cosas, hasta que el señor de la ventanilla llamó a otro empleado con más idiomas que nos explicó todos los detalles por teléfono. Todo solucionado. Nuestro único error fue no habernos descargado el mapa de la Cappadocia de Google Maps antes, así que tuvimos que arreglárnoslas con un gps que no mostraba nuestro hotel. Bueno, al menos sabíamos cómo llegar al pueblo, una vez allí, ya veríamos.

Salimos del garaje y la primera impresión de las carreteras fue brutal, nos parecía estar conduciendo en un antiguo país soviético. El sol de la mañana empezaba a calentar el terreno disipando la humedad en forma de brumas, a lo que se sumaba el humo de las numerosas fábricas, de fondo, el Erciyes se alzaba majestuoso.

Monte Erciyes, Turquía
Monte Erciyes, Turquía

Göreme

Carreteras largas y rectas conducen a Göreme a través de un paisaje llano en aproximadamente una hora en la que prácticamente no nos cruzamos con nadie. El gps nos dirigía al centro de la Cappadocia, pero al llegar allí, nos resultó complicado encontrar el hotel. Preguntamos a un par de personas por la calle y - ¡oh, sorpresa! - no hablaban inglés. Seguimos conduciendo y encontramos un coche de policía a la entrada del mercado, nos acercamos a preguntarles y en un principio no saben indicarnos, ¿qué opciones nos quedan? ¿Nos conectamos a internet un momento? ¡NO LO HAGÁIS! 2 segundos, 43€ de factura. En ese instante alguien golpea la ventanilla desde fuera, uno de los policías sabe cómo llegar al hotel y nos pide que sigamos al furgón de la "Jandarma", la gendarmería turca, así que por fin, llegamos al hotel, escoltados.

Nos alojábamos en el Panoramic Cave Hotel, un hotelito con vistas magníficas del centro neurálgico de la Cappadocia, con habitaciones excavadas en la roca. Una pasada.

En Göreme, la visita imprescindible es al Museo al Aire Libre, un conjunto de estancias y antiguas iglesias que albergan frescos de los siglos XI-XII y que será el primer contacto con las formaciones rocosas características de la zona. Entre las iglesias, la más importante quizás por la increíble conservación de las pinturas, sea la Dark Church o Iglesia Oscura.

Uçhisar

Salimos del museo para tomar la carretera en dirección a Uçhisar, uno de los pueblos más conocidos de la zona, asentado sobre un enorme promontorio y coronado por su impresionante "castillo", un bloque de roca lo suficientemente elevado como para obligarte a parar al menos una vez a tomar aire en su ascenso, todo esto le proporciona a Uçhisar uno de los perfiles más característicos de la Cappadocia y una de las panorámicas más impresionantes.

Conforme nos íbamos acercando, la carretera giraba en torno al pueblo en la distancia y nuestra perspectiva iba cambiando con ella. En un momento dado, abandonamos el asfalto para adentrarnos en un camino de tierra y tratar de encontrar una vista más clara de la roca.

Uçhisar
Uçhisar

Desde aquí, las formaciones rosáceas de líneas suaves iban cediendo terreno a las pequeñas casas de ángulos rectos en ascenso hasta el castillo, y varios minaretes despuntaban delgados y rectos en dirección al cielo, donde las nubes, densas, voluptuosas, se extendían sobre el pueblo. Una segunda roca más estrecha acompañaba a la principal en la cumbre, más adelante, quedaría oculta por ésta.

Aparcamos el coche al lado de las casas más altas y comenzamos a subir caminando. Uno de los caminos conduce hasta el pie del castillo a través de unas escaleras privadas, cruzando una terraza y atravesando una portezuela horadada en la roca. Un par de calles más zigzagueando y comenzamos el ascenso. La subida es dura, pero ahora no podemos echarnos atrás, una vez arriba, el cansancio se nos olvida.

Derinkuyu

Toda la Cappadocia es como un queso gruyere, mires a donde mires, encuentras montes agujereados, casas esculpidas en el interior de las rocas, incluso algunas habitadas aún a día de hoy, pero esta región esconde otro secreto mucho más profundo: auténticas ciudades excavadas bajo tierra.

Derinkuyu es una de ellas y cuando crees que has acabado de verla, siguen apareciendo estrechos túneles y escaleras descendiendo más y más, estancias cada vez más grandes que en su tiempo resguardaron a los habitantes de la Cappadocia del frío invierno y del caluroso verano, pero también de los saqueos y constantes batallas, pues su situación estratégica, en medio de la Ruta de la Seda, hacía de la región un área muy disputada por los distintos pueblos invasores, romanos, mongoles y persas, y por tanto una zona muy peligrosa.

En la superficie, unas pocas casas y aún menos indicaciones señalan el lugar de entrada a estos enormes hormigueros. Tiendas desperdigadas alrededor de una pequeña plaza con antigüedades cubiertas de polvo y baratijas para llevar de recuerdo sirven de reclamo a los turistas a la salida, pero si no funcionan, los vendedores harán acto de presencia inmediatamente saludándote en español o en cualquier otro idioma para llamar tu atención.

Valle de Ihlara

A cuarenta minutos conduciendo desde Derinkuyu, llegamos al Valle de Ihlara, es el punto más alejado que visitamos de Göreme dentro de la Cappadocia. Un cañón de 100 metros de profundidad creado por el río Melendiz Suyu. Pero claro, estamos en la Cappadocia, unas paredes de piedra enormes no podían quedar vírgenes. Dentro del cañón encontramos no una, sino varias iglesias perforadas en la roca.

Al ya de por sí bellísimo paisaje, hay que sumarle la amabilidad y cercanía de los habitantes del valle. Cuando subimos y nos dirigimos al pueblo para comer, teníamos dos opciones, aparcamos el coche en una placita bajo cuyos soportales encontramos varios pequeños establecimientos, más delante, un cartel con la palabra "Restaurant" escrita en grandes letras. Ni cortos ni perezosos, obviamos el gran letrero y nos acercamos a uno de los pequeños establecimientos, donde nos esperaba un hombre de edad mediana y aspecto rústico que nos invitaba a pasar a su... no sabría cómo llamarlo.

Una mesa y dos sillas formaban la mayor parte del mobiliario en la estancia, y un mostrador con carnes, verduras y alguna bebida, sin demasiada ostentación, sugería que allí se podía comer algo. Echamos un vistazo a la carta, en turco, antes de sentarnos, y como no entendimos nada, el buen señor, con un inglés de dos palabras nos indicó que disponía de "sanbich" y "chicken", por lo que intuímos que comeríamos sandwich de pollo.

Nos sentamos, y mientras esperábamos, sentíamos el frío dentro del local, de lo cuál el hombre se percató y automáticamente nos instó con un gesto de la mano a que le siguiéramos a la calle, una vez allí, nos hizo pasar a una habitación contigua presidida por una enorme bandera de Turquía colgada en la pared frente a la puerta. La sala estaba decorada con una estantería llena de libros, un modesto escritorio, un lavabo y una mesa de madera con un banco, en una esquina, una percha de la que colgaban algunas prendas de abrigo y lo que parecía una bata blanca de médico. A un lado, un calefactor eléctrico caldeaba la estancia.

Tomamos asiento todavía sorprendidos cuando el hombre desapareció para prepararnos los bocadillos. Parecía que estábamos en su despacho, y allí nos había dejado solos, demostrando una confianza y una amabilidad que realmente se echa de menos hoy en día.

Cuando de nuevo apareció, nos sirvió los bocadillos acompañados de un platito con guindillas como acompañamiento (algo muy típico en la Cappadocia, por lo que pudimos ver), un paquete de toallitas húmedas a modo de servilletas y nuestras bebidas, Yedigün, refrescos de naranja muy similares a la Fanta.

Estábamos engullendo nuestros riquísimos bocadillos cuando volvió el señor para enseñarnos unas guías de viaje en turco que traía en la mano, de las cuales sólo pudimos admirar las fotos mientras él insistía en comentarnos detalles de las mismas en su idioma. Una vez hubimos acabado y cuando nos despedíamos, ya en la calle y sin parar de alucinar, el hombre nos hizo esperar un momento, entró al despacho y regresó con las guías en la mano haciendo señas para que nos las lleváramos de recuerdo. ¿Para nosotros? - pregunté yo llevándome la mano al pecho. Evet - contestó él - Sí, para vosotros. De las pocas palabras que he aprendido a decir en turco, una que a partir de entonces utilizaría mucho fue "teçekkür  ederim". Gracias.

El sitio donde comimos se llamaba "Baba Kebab" y no lo encontraréis en las guías de viaje.

Pasabagi

Comenzaba este post casi en forma de novela o quizás como el inicio de un cuento, porque si a algo recuerda el paisaje de la Cappadocia es al paisaje de un cuento, y en diciembre, en concreto, al de un cuento de Navidad. Despertamos el tercer día en nuestra habitación de Göreme y la luz blanca que se filtraba a través del visillo de la ventana nos auguraba una mañana helada, pero hasta que no descorrimos la cortina y vislumbramos el paisaje, no fuimos conscientes de la belleza que ocultaba.

Göreme nevado
Göreme nevado

La nevada nocturna había cubierto de nieve todo el paisaje, y tras asegurarnos de que las carreteras estaban limpias y de que podíamos conducir sin problema, nos dirigimos al mejor de los destinos para disfrutar un día tan maravilloso como este, a Pasabagi, conocido también como el Valle de los Monjes o las Chimeneas de las Hadas.

Ahora sí que parecía que estuviéramos recorriendo los auténticos paisajes de un cuento navideño. La nieve seguía cayendo y acumulándose a nuestro alrededor, no podíamos parar de asombrarnos, nuestros ojos se iluminaban con cada detalle que encontrábamos, con cada chimenea que aparecía tras las rocas, con cada camino que se abría ante nosotros, con cada rama de árbol cubierta de nieve y con cada copo sobre nuestros abrigos.

Cappadocia bajo la nieve
Cappadocia bajo la nieve

Nada parecía poder mejorar la impresionante estampa de la Cappadocia nevada, hasta que a nuestro paso apareció una madre con varios cachorros adorables, peludos y regordetes que inmediátamente cogieron confianza con nosotros. Fue un flechazo a primera vista.

Cada vez se nos hacía más difícil pensar en que sólo nos quedaba una tarde en la Cappadocia, habíamos caído rendidos a sus piés y éste había sido uno de los momentos clave. 

Ortahisar

También muy cerca de Göreme, se encuentra este pueblo, de características similares a Uçhisar, pero quizás menos conocido y con un increíble encanto. Las casitas se distribuyen en torno a dos promontorios, y desde uno de ellos podemos ver el otro, el principal, destacando sobre el horizonte. Entre sus callejuelas poco transitadas, el silencio se ve quebrado cuando desde los minaretes resuena el "adhan" o la llamada a la oración, que retumba entre las paredes provocando un eco sobrecogedor.

Por cierto, esta llamada a la oración, que pronuncia el almuédano desde el alminar de las mezquitas, se repite cada día en distintas ocasiones, la primera de ellas, puntualmente, a las 6:30 a.m. os despertará sobresaltados el primer día, pero os acostumbraréis rápido y hasta lo echaréis en falta en alguna ocasión si no lo oís pensando que os habéis dormido.

Tuz Gölü

Quienes nos leéis habitualmente ya sabéis que nos gustan las cosas complicadas, y en este viaje hicimos unas cuantas, desde alquilar el coche a una empresa local en Kayseri hasta comer en el despacho privado de un tendero, pasando por abandonar la carretera para tener mejores vistas de Uçhisar, pero aún nos quedaba otra aventurilla por vivir.

Tuz Gölu o el Lago Tuz es el segundo mayor lago de Turquía, se encuentra un poco alejado de la Cappadocia, ya en la región de Anatolia central. Quienes decidáis ir a Ankara desde Göreme, os lo encontraréis a mitad de camino y os llamará la atención su principal característica: es rosa.

Pero como casi todo en Turquía, no es tan fácil de encontrar, bueno, es fácil verlo desde la carretera, pero no es fácil llegar a él por un camino. La ciudad más cercana es Şereflikoçhisar, y allí, al menos nosotros, no encontramos nada de información. Aún así, nos aventuramos y nos adentramos en un camino de tierra en dirección al lago, un camino ancho y totalmente recto, de arena blanca y transitado por innumerables camiones que se dirigían a una planta de sal.

La sal es la principal fuente de ingresos en torno al lago y convierte la superficie del mismo en un espejo perfecto. El color rosáceo lo provoca un alga que crece sobre todo en verano, aún así, en invierno es fácil adivinar el color que incluso se refleja en las nubes bajas dependiendo de cómo incida la luz en la superficie.

Dado que no podíamos entrar al lago a través de la planta, tuvimos que darnos la vuelta e improvisar más aún. Abandonamos la pista de los camiones y metimos el coche por un caminillo estrecho y lleno de baches donde los tonos rosáceos iban apareciendo salpicados entre la arena blanca. Llegamos por fin al final del camino. Una caseta con cámaras en el tejado marcaba la zona como terreno vigilado, quizás por la propia planta de sal, y una valla fabricada con conos de señalización y una cadena delimitaba la separación entre el camino y el lago. Arriesgándonos un poco más, atravesamos la valla y pudimos por fin pisar la superficie plana del lago. Parecía que habíamos llegado al fin del mundo.

Bonus Track

Hay varias cosas que nos llamaron la atención en la Cappadocia y que bien merecen un comentario a parte. A través de sus infinitas carreteras, váis a encontrar de todo. El parque automóvilístico turco tiene una media de edad muy alta, la mayoría de los coches son muy viejos, y la conducción allí es, digamos, diferente. Lo normal es que 9 de cada 10 conductores que veas, estén cometiendo algún tipo de irregularidad, desde conducir con los auriculares puestos a que utilicen el arcén como carril de aceleración, eso cuando no te adelantan por cualquier sitio. Es frecuente ver tractores, motos viejas e incluso carromatos tirando de pequeños remolques donde viajan montadas personas. Para más inri, en el hotel nos comentaban que en invierno, la gente se queda en casa, junto al fuego, bebiendo, fumando y viendo la tele, con lo cual, cuando cogen el coche, pueden ir un poco "mareados".

Otra cosa curiosa que veréis en las carreteras son los controles de tráfico. Desde lejos, os parecerá ver un coche de policía aparcado junto a la carretera, con las sirenas encendidas, pero cuando lleguéis a su altura puede que os encontréis con que es simplemente una valla con la forma del coche que sirve para intimidar, y realmente funciona, se ve muy realista.

En cuanto a las comidas, no olvidéis probar el "Pottery", una vasija de barro en la que cocinan la carne y que rompen por el cuello con un martillo en el momento de servírtela, pero tampoco dejéis pasar el Salep, del cuál ya os hablaba en el post de Estambul. Nosotros encontramos una cafetería muy acogedora en Göreme donde tarde tras tarde disfrutábamos de un Salep caliente mientras jugábamos a las damas o repasábamos las fotos del día, el Oz Coffee Shop.

Globos en la Cappadocia

Una de las actividades imprescindibles y de las más conocidas en la Cappadocia, es la de montar en globo. Nosotros, lamentablemente, tuvimos muy mala suerte y no pudimos hacerlo, aunque nos informamos y volveremos más pronto que tarde para volver a intentarlo. Lo que debéis saber es que el día anterior a volar, por la tarde, se decide si se despega atendiendo a las condiciones climáticas. Los precios están en torno a los 120 y 160€ por persona y depende de la pericia del piloto, cuanto más caro, más se aprovecha el vuelo. La estación más propicia para evitar cancelaciones, seguramente sea el verano, aunque tranquilos, si cancelan, podéis volver a intentarlo al día siguiente, si no, os devuelven el dinero. A pesar de todo, nuestra recomendación es que os quedéis al menos una semana allí, porque es uno de los paisajes más bonitos que hemos visto nunca, y así, seguro que no os volvéis sin montar en globo.

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